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jueves, 3 de diciembre de 2009



Una paloma en el mediodía primaveral.

Obnubilada de sol tras recorrer los tres estadios --el del cuervo, el del pelícano y el encomendado a su imagen-- agita sus alas adoloridas. Desde la sima oscura y pestilente hasta la cumbre luminosa. hinchada la vista con figuraciones nuevas, las miserias pierden su ensoñación esclavizante.

Una paloma en la medianoche primaveral.



Plegó sus alas, arrebujó la energía tomada al sol, guiñó a la luna y guardó en su memoria el destello de las hogueras que pueblan el manto viridina oscuro, para que, al amanecer, la materia transfigurada sea imagen de un presente continuo, constancia que hiende el futuro con el adverbio de ¡siempre!

Aquella paloma en el mediodía vernal.



Presencia física de un sol emplumado, zurea el romance renovado. Brilla en sus ojos el rumor petrificado en el puente de cantera rosa sobre un rebullir agotado.

Aquella paloma en la medianoche vernal.



Sombra de luna llena arrebujada en el mínimo espacio de la continuidad, aovillada en el alero de la casona, donde engarzó un amanecer con aroma a sueño.

Esa paloma en el mediodía otoñal.

La del desordenado el plumaje por el embate de los vientos, la que estruja con su pico el primer rebrote, alasia su belleza al compás de la hojarasca ocre. Claudicantes los párpados, ignoran el cambio en las melenas zarandeadas coronadas de luz.




Esa paloma en la medianoche otoñal.

Encontró resguardo bajo la arcada en donde generaciones pulverizadas revolotearan con el tañir acompasado de la ahora inexistente campana de difuntos, mientras allá abajo, en el terreno de la vida vertical, una mano santiguara el suspiro embozado de un "por hoy yo no fui".

La paloma en el mediodía invernal.

Sacude el frío cristalizado adherido al óvalo multicolor donde la constancia aleteante nos dice que, en la vida senescente al cobijo del cielo azul Goitia, todo es olvido ante la repetición no teorizada del instinto.